miércoles, 15 de julio de 2015

'Prohibido niños sueltos'


Nos habíamos quedado encandilados mirando a través de la valla de hierro, Cora con las ovejas de la granja que hay abajo, yo con mis cosas, cuando un niño se acercó a ella por la espalda y comenzó a acariciarla al tiempo que una desesperada madre gritaba '¡No! ¡No!' y se lanzaba a la carrera de forma bastante cómica.

Fueron un par de segundos. Cora no quiere que los extraños la toquen, aunque pueda llegar a soportarlo durante breves instantes, y giró la cabeza hacia la mano del niño, con la boca bien abierta, y lanzando un quejido que hizo que el crío apartara la mano de su espalda con espanto y retrocediera un par de pasos.

Conozco de sobra ese gesto en Cora; a nosotros también nos lo hace. Ella no mordería a nadie, solo quiere que la dejen en paz, aunque quedó claro que la angustiada mujer no lo entendió así. Cogió al niño del brazo, lo alejó y empezó a mirarle la mano desde todos los ángulos, murmurando a la par 'joder', otra vez 'joder', 'cuanto más grande y peligroso es el perro antes cogen y lo dejan suelto', terminando con 'hay que joderse, luego pasa lo que pasa'. Cuando terminó de comprobar que su hijo estaba ileso, se acercó hacia mí. Me extrañó al principio, porque seguramente por mis pelos, mi ropa y mi perra agresiva pensó que yo era una especie de vagabundo o toxicómano o domador de fieras.

Se quedó a medio camino entre la soberbia y la estupidez preguntándome '¿por qué coño no atas a tu perro?', a lo que respondí, '¿por qué no mejor atas tú a tu hijo?'. Me aguantó la mirada, cogió al crío de la mano y se fue maldiciendo. Lo pensé luego, pero debí decirle que aunque Cora hubiese estado atada, de haber querido devorar a ese mocoso la habría dejado, aunque no sé si aquella mujer habría captado mi tono burlesco ante lo absurdo de su reacción.