No tiene mayor importancia,
es que no puedo evitar observarlos.
Casi nunca se dan cuenta,
sus miradas deambulan perdidas como si estuvieran programadas,
o como si se ahogaran en el fondo de pantallas LCD
que, a veces,
desearía que explotaran
amputándoles las manos.
Hay otros que sí.
Los niños suelen retirarse del combate,
supongo que, en realidad, doy un poco de miedo.
Las chicas me miran con asco,
creyéndome, supongo, sin derecho a posar mi mirada en ellas.
Pensarán que me interesan,
sinceramente,
no me importa lo que piensen,
pasado un rato habrán olvidado mi cara para siempre,
como todos hacen.
Muchos viejos lo hacen con odio,
dicen ser más sabios y, por tanto, más desconfiados,
o recordarán aquel al que agredí
por golpear con su bastón a mi galgo.
O será que sentir - aunque desprecio y rabia -
sea un aliento de vida,
un grito que, por un momento
detenga el ocaso de la mente,
aunque esta ya haya sobrevivido al cuerpo
demasiados años.
También los veo a ellos observarse,
a menudo salivando, excitados,
impacientes por romper la jaula y tirarse a los cuellos,
apretando los dientes hasta dejar correr la sangre.
Es como si todos estuvieran enfermos de rabia,
y creyesen que la cura la tienen los demás
en el abismo de sus entrañas.