La muerte no ensaya con dolor.
El sufrimiento es agudeza, coraje,
soplo de encarnecida vida,
síntoma de la herida en movimiento
que escuece porque sana y cicatriza.
La muerte no es el vibrante veneno
inyectado en el corazón,
sino la anestesia lánguida interminable
que nos posee
y nos conduce indolentes
por espacios adormecidos en escala de grises
cuya riqueza de matices
nos es insignificante
e indiferente.
Una voz sombría y sinuosa
que repite a cada instante
que somos un cadáver que camina
practicando un burdo sistema de defensa
- la ejecución del trauma -
que apaga las luces y tejidos
que se vuelcan al mundo
para no enfrentar
que el miedo
fue nuestro único y más cruel verdugo.