
No saben
que eres un mar en calma.
No hay insulto, golpe o castigo
capaz de borrar un adarme
de la nobleza que guardan tus ojos.
Que tú siempre fuiste
perro de dioses y de reyes,
numen de artistas,
hijo predilecto de Anubis
que hoy entre lágrimas
desanuda la soga de tu cuello
y perfuma tu cuerpo
todavía bello,
ágil, ligero.
No saben
que en tu corazón caben el cielo
y todas las estrellas,
que la Luna
se refleja en tus colmillos
cuando aúllas
desde el zulo en que te tienen prisionero,
ansioso, aterrado y hambriento.
Estrenas el frío nuevo
de cada mañana en tus costillas
y en el silencio del campo
te figuras relámpago,
tu alma es viento,
pero tu cuerpo es tenue
y la tierra es dura,
a veces te rompes
y aunque intentes levantarte
y seguir, no puedes, caes,
y de pronto el rostro serio de tu amo,
mitad compasión,
mitad enfado,
el calor de su mano sobre tu cabeza
hace olvidar lo que duelen las heridas
aunque luego,
el que dice que te quiere
como nadie puede hacerlo,
te deje morir solo
y despacio.
No saben
que hasta el último aliento
sueñas que regresa
con una caricia en la mano,
con un perdón en los labios,
ni que morirás cargando
con la culpa de
que no te quisieran,
tú, perro de dioses y reyes,
caído en las manos
de hombres miserables
que no te merecen.