Este silencio clama por un grito.
Estrellar un vaso contra la pared,
pegar un puñetazo
que se escuchen romperse
todos los huesos de la mano,
que un niño llore de frío en la calle
y los perros aúllen
anticipando una tormenta de clavos.
Son ya demasiadas noches
las que asfixian la garganta,
sístole y diástole
que se matan a dentelladas
sobre un bidón de gasolina.
Pero permanezco inmóvil
porque,
solo en este abismo de silencio,
tu voz se oye.