Atesoro la debilidad que otorga la noche,
como un igualador
bajo el que todos somos
presas potenciales de todos.
A menudo salgo a pasear
por las calles vacías
y los callejones muertos,
llenos de ratas
y porquería humana,
buscando qué sé yo,
que aparezca alguien tras la esquina;
un golpe seco y fuerte
que sea rápido y no duela.
Encontrar un alma suicida gemela
con la que bailar la canción de los durmientes
sobre cadáveres amontonados,
y romper de un grito el silencio
al morir atropellados,
como un gato deslumbrado por las luces de un coche
mientras su amo espera que vuelva.