martes, 10 de junio de 2014

El hermitaño y el perro

Encontrábase un ermitaño vacío de fuerzas
y lleno de hambre en la entrada de su cueva,
recostado, con una rana entre las manos presa,
meditando si hoy sería su comida cruda o asada,
y entre tanto, jugaba a soltarla y capturarla de nuevo.

Atisbó el manjar otro hambriento, esta vez perro,
que dispuso caminar hasta enfilar cual espada
su mirada con la del viejo,
osado de arrebatarle el improvisado alimento.

Y volvió el viejo a jugar a la captura de la rana
cuando decidió el perro lanzar su cuerpo desbocado,
y unos segundos separaron los colmillos
de las patas del anfibio y de la carne de las manos.

Sonaban por igual rugidos de animal y tripas de hombre,
ahora con las manos en alto sosteniendo la rana,
como quien levanta una copa o protege algo de seres menores,
y cuando se hubo alejado el cánido, frustrado , soltó la rana,
avivando el instinto y rapidez del perro, que de nuevo no
fue suficiente para alcanzar bocado.

Y comenzó así la más ridículas de las disputas,
la vanidad del hombre, por encima de su hambre,
y la furia del perro, odiando por igual su instinto y al ermitaño.
Y cuando pasaron más de veinte acometidas, y estaba el perro cansado,
liberó el cavernícola su rana como regalo, y el perro, agradecido,
no dudo en comerla a su lado, a esto que el viejo tendió su cuerpo sobre el perro
resolviendo su duda; se lo comió asado. 

Y es que el ermitaño era sabio y actuó conociendo
que ninguna rana llena el estómago de un viejo,
ni ningún viejo atraparía jamás a un perro corriendo.