¿Qué más queréis que os diga? Joder, ¿Que le pida perdón a
la familia? ¿Que diga que lo siento? Que no me da la puta gana y punto. No me
arrepiento, ¿os estáis enterando? Era un borracho, un putero y un completo
gilipollas. ¿Y qué si está muerto? Mejor. Os estremecéis cuando deseamos la
muerte de alguien como si nadie fuera a alegrarse de veros un día muertos. Es
el morbo, la excitación que os produce que una fulana haya matado a un padre de
familia que ni conocíais, buitres, siempre buscando la excusa para tirar otra
piedra sobre lo que no os gusta y queréis erradicar.
¿Sabéis qué? La mantis solo se come la cabeza del macho después
de copular si están en cautividad, y jamás cuando son libres. Y esa es mi vida;
una puta jaula con bichos, y no la podéis entender. Estáis siempre tan que si hago
la compra, que si pago la hipoteca, que si los niños, que si el coche, que si el
perro, que si la abuela. Lo que llamáis supervivencia.
Dejadme que os diga una cosa, sobrevivir es más parecido a verte obligada a que
te follen diez desconocidos al día en la misma cama en la que vas a dormir,
rezar aunque no creas una mierda para al día siguiente no tener los síntomas
del sífilis, la gonorrea, o estar muerta, no saber si tu padre o tu madre están
vivos o si uno de estos hijos de puta los ha matado a tiros. Sobrevivir es lo
que hacen los animales y algunas tantas personas que somos tratadas como tales,
y lo vuestro son cuentos.
Ese día ya estaba caliente de menosprecios y violencia, y
sin respetar ni mis putos veinte minutos entró ese tío ya medio desnudo, se
tumbó en la cama y me gritó “venga puta, no me hagas esperar”. Me acerqué
sensualmente, gateando desde los pies de la cama hasta su cabeza, cogí el cojín
rojo de debajo de su cabeza y se lo apreté contra la cara con toda la fuerza
que tenía. Parecía estar poseído, agarrando con una mano mi muñeca, con el puño
cerrado del otro brazo dándome puñetazos en el costado, pero no me dolía. Se
revolvió, con las uñas trataba de arrancar mis manos del cojín, la sangre brotaba,
pero mi furia no hacía más que crecer. Jamás hubiera imaginado que tenía tanta
fuerza, pero es que una vez empezado, era él o yo.
Noté que cesaron sus fuerzas, dejé el cojín empapado de
sangre sobre su cara y con las manos temblorosas saqué mi paquete de tabaco del
bolso, las cerillas y me asomé a la ventana a fumar. Lo contemplé varias veces
con orgullo. Jódete cabrón.
Alexey y Oleg no tardaron en darme una paliza y abandonarme dios-sabe-dónde, me da igual.
Me encontré, o me encontraron no sé cuánto tiempo después. ¿Que quién era? Una
puta de la que no te puedes fiar, como siempre me decían.