Qué graciosa, pensé, y acometida tras acometida crecía la
sonrisa en mi cara. Compréndanlo, la situación en un principio era cómica, era
un bicho estúpido a punto de convertirse en separador de libros por su propia cuenta, dejándose la cabeza en cada embestida y sin
escarmiento a la vista. Puede que no tuviera nada mejor que hacer, o puede que
en el fondo sea un poco cruel, pues tomé asiento en la silla del escritorio y
pasé un tiempo entretenido con una mosca.
La testarudez del bicho era épica, no paraba a respirar
siquiera, a reponer energías, a nada, hacia atrás para coger impulso y hacia
delante con fe ciega en poder disfrutar el cielo nocturno de la ciudad de
Granada. Decidí inmortalizar el panorama y con el móvil filmé el ruido que era
capaz de hacer el diminuto ser cuando trataba cual fantasma de atravesar un
sólido (a mi parecer sólido rígido). Ella intentaba burlar las leyes de la
física y yo pretendía burlarme de ella en un futuro.
Ya tenía escogido hasta el nombre que iba a tener el vídeo
en Youtube cuando hice un gesto de desaprobación a mí mismo, detuve la grabación
y borré de inmediato el archivo resultante. ¿Qué demonios me había hecho a mí
esa pequeña mosca? Era sencillamente una luchadora incansable, solo había que
pararse a pensar en el largo tiempo que había estado golpeando el cristal
tratando de escapar, y cuánto de ese tiempo lo había estado haciendo
prácticamente sumida en la oscuridad. Lo que hay que ver, algunas personas
cuando son cubiertas por el manto oscuro, no saben más que maldecir su suerte,
maldecir la oscuridad, maldecir la vida. Y la mosca, que hay que reconocer que
de todas las cosas que se podían ser, ser mosca no es la mejor, estaba buscando
una salida, dándose de hostias, sí, pero doliese lo que doliese, y a pesar de
las barreras que había, se machacaba por seguir adelante. Lo lógico habría sido
abrirle la ventana, pero en ese momento no podía permitir que se escapase mi también única salida del aburrimiento, no
éramos tan diferentes la mosca y yo después de todo.
Interrumpió mi divagación la mosca al posarse sobre la mesa,
había firmado una tregua con su destino y parecía resignada a descansar.
Aquello me decepcionó un poco, y no contento con la nueva situación, moví la
mano cerca de ella, obligándola a retomar el vuelo con la esperanza de que
volviese a triturar sus fuerzas en su desesperado intento por ser libre. No lo
conseguí. El agotado insecto solo tenía en mente relajarse un poco, y por
muchas veces que lo intenté no logré que la mosca hiciese lo que yo tiranamente
quería que hiciera, de modo que me dispuse a perder el tiempo con otra cosa,
pero sin salir del cuarto.
Ojeé varios libros, giré varios bolígrafos, hice varias
pintadas en la mesa, jugué con el llavero, ordené los auriculares, me eché
colonia, miré el móvil a sabiendas de que no habría ninguna novedad (varias
veces también), y finalmente me detuve con un pequeño y antiguo juego de
ordenador: Dave.
Dave es un personajillo que vive en un mundo de apenas un
puñado de bytes, cuya ambición le lleva a recorrer unos laberintos cargados de
mucha mala hostia en busca de diamantes, copas, joyas y todo tipo de piedras
preciosas. Me hizo ilusión volver a toparme con él y me propuse acabar el
juego. El nivel 1 era bastante sencillo, una habitación cerrada, un par de
saltos, un par de diamantes, una puerta en la esquina superior izquierda y el
paso al nivel 2, un rectángulo casi el doble de grande en el que el suelo era
naranja y burbujeaba, lo cual no podía ser nada bueno para Dave. Perdiendo una
vida pasé al nivel 3, donde nada más empezar obtenías una pistola que disparaba
balas que eran más lentas que tú, si en ese momento hubiese querido, podría
haberme suicidado adelantando un disparo y posteriormente quedándome quieto.
Cuando avancé un poco me di cuenta de que la finalidad de esa pistola era
acabar con unas cíber-arañas que se balanceaban colgadas de un fino hilo sobre
una especie de matorral morado asesino compuesto por filamentos que se movían
como si una corriente de aire los impulsase desde su base. La primera araña la
superé con paciencia, saltando y disparando en el punto más alto del vuelo para
que la bala, con un poco de suerte, impactase en el cuerpo de la araña, araña
que por cierto tenía un claro problema de sobrepeso. Una vez eliminada (¡explotó!)
salté por encima del seto del infierno y llegué a la segunda. La situación era
idéntica, salvo que esta vez el matorral morado era más ancho. Con la misma
estrategia conseguí avanzar y me llevé una buena sorpresa; una tercera araña
mórbida colgando sobre un arbusto mortuorio más ancho, la araña además se
balanceaba más rápido que sus compañeras. “¿No ves lo que les ha pasado a tus
amigas? ¿Por qué no me dejas pasar sin más y nos ahorramos todo esto?” debió decir
Dave, aunque lo poco que se escuchaba era un cómico ruido del juego cada vez
que el protagonista saltaba, era como de afilador, pero mucho más …
¿informatizado? Conseguí matarla y cuando me dispuse a saltar el conjunto de
flecos morados, mi olvidada amiga la mosca se posó muy cerca de mi ojo, solté
las teclas y el pobre Dave explotó igual que las arañas al tocar los arbustos.
Sin mediar palabra con la mosca me levanté, y cada vez que
esta se alejaba de mí y se paraba en otro lugar, iba a cogerla. Tenía que darle
muerte, tenía que vengar a Dave, aunque pronto se convirtió en algo más
personal, la mosca en algunos de sus vuelos se posaba en mi cara, enervándome
aún más, haciéndome perder el control. Maldita mosca, seguro que cuando dios
creó a los gatitos acto seguido el diablo creó a las moscas. Joder con el
bicho, qué pesado. Mil veces quise cogerla y mil veces escapó, para tener los
sesos reblandecidos por los golpes era bastante astuta. Mi lucha era en vano,
quise coger el insecticida y acabar de una vez por todas con ella, pero eso
supondría abrir la puerta, así que usé en su lugar el spray desodorante. Si no
la mataba, al menos conseguiría aturdirla y aplastarla después. La perseguí con
el botecito por toda la habitación, si se paraba en el techo, me subía a la
cama, si se subía al armario, usaba la silla, si acababa en la pared, me
acercaba con sigilo. No habían pasado diez minutos cuando mi habitación,
imposibilitada de renovación de aire, olía a vestuario masculino de fútbol. Y
la mosca tan campante. Creí recordar que había un mechero en alguno de los
cajones, todo parecía indicar que iba a recurrir a un lanzallamas para darle
fin, pero para mi suerte el mechero encontrado no funcionaba, y digo suerte
porque sabida la racha de intentos vanos de matarla, habría pegado fuego a la
habitación antes que a la mosca.
Ocupé de nuevo la silla totalmente desquiciado, esperando
que la mosca se acercara, algo así como psicología inversa: “ahora no quiero
matarte”. Aguardé bastante, con la mirada desafiante siguiendo el vuelo
aleatorio de aquel bicho, hasta que al final regresó al primer lugar donde la
había visto pararse; la mesa. Sin que mi mano tocase la superficie de madera
del escritorio la pasé velozmente por encima de donde estaba parada la mosca,
cuando el movimiento finalizó, la mosca estaba en la palma de mi mano, y mi
cuerpo en posición de ataque de balonmano amenazando con estrellar a la mosca
contra su amada ventana. Pero no lo hice, ¿y si la mosca solo se sentía sola y
había venido a mi ojo buscando compañía mutua? No debe ser agradable estar
encerrada sola tanto tiempo, sufriendo, y que cuando aparece alguien para
romper la monótona sucesión de angustias, descubrir que quiere matarte.
Reconozco que muchas veces me he sentido solo, y es cierto que cuesta acercarse
a los demás, por así decirlo es una situación que se retroalimenta. Lo último
que habría querido es que después de reunir el valor para pedirle
indirectamente a alguien que rompiese mi soledad, esta me hubiese apartado del
camino. Este momento de empatía me hizo abrir la mano, preocupado por no haber
dañado al delicado bichito, y una vez vi que podía seguir trazando trayectorias
curvas en el aire, corrí el cristal de la derecha de la ventana hacia su
compañero, la salida estaba abierta. Esperaba al lado de la misma a que la
mosca saliese cuando la vi bajar hasta el suelo, pensé que había hecho efecto
el desodorante y ahora por mi culpa iba a morir. Me acerqué, y gracias a esto
pude ver perfectamente como la mosca me abandonaba saliendo por un resquicio
entre la puerta y el suelo de cuya existencia hasta el momento no sabía nada.
La cólera volvió a fluir por mis venas, de la cocina tomé el
insecticida, lo desenfundé, y busqué a la mosca por la casa. En el salón la
encontré, golpeando una y otra vez el ventanal principal, que estaba cerrado.
Qué graciosa, pensé.