viernes, 3 de octubre de 2014

Mirando la mosca

Se oían pequeños golpes a través de las débiles paredes del piso; un tic, luego un tac mucho más fuerte, quizá otro tic u otro tac a continuación, intermitente, alternado, pero incesante. Busqué la procedencia del ruido, y no anduve mucho hasta adivinar que dicho lugar era mi habitación. Entré rápidamente, dejé mi mano atrás para cerrar la puerta y encendí la luz, tras contemplar detenidamente la escena atisbé que un insecto estaba tratando de escapar por una ventana cerrada. Si me hubiesen revelado que un insecto estaba golpeando el vidrio y me hubieran retado a adivinar de qué clase de trataba, habría dicho sin pensar un zángano, una abeja al menos, o un moscardón de buen año, pero no, lo que se daba de bruces contra la ventana era una ridícula mosca, más grande de lo que es habitual ver los días de verano rondando la cama por las mañanas, deseándonos un bello despertar, pero sin sobrepasar la frontera al concepto ‘moscardón’.

Qué graciosa, pensé, y acometida tras acometida crecía la sonrisa en mi cara. Compréndanlo, la situación en un principio era cómica, era un bicho estúpido a punto de convertirse en separador de libros por su propia cuenta,  dejándose la cabeza en cada embestida y sin escarmiento a la vista. Puede que no tuviera nada mejor que hacer, o puede que en el fondo sea un poco cruel, pues tomé asiento en la silla del escritorio y pasé un tiempo entretenido con una mosca.

La testarudez del bicho era épica, no paraba a respirar siquiera, a reponer energías, a nada, hacia atrás para coger impulso y hacia delante con fe ciega en poder disfrutar el cielo nocturno de la ciudad de Granada. Decidí inmortalizar el panorama y con el móvil filmé el ruido que era capaz de hacer el diminuto ser cuando trataba cual fantasma de atravesar un sólido (a mi parecer sólido rígido). Ella intentaba burlar las leyes de la física y yo pretendía burlarme de ella en un futuro.

Ya tenía escogido hasta el nombre que iba a tener el vídeo en Youtube cuando hice un gesto de desaprobación a mí mismo, detuve la grabación y borré de inmediato el archivo resultante. ¿Qué demonios me había hecho a mí esa pequeña mosca? Era sencillamente una luchadora incansable, solo había que pararse a pensar en el largo tiempo que había estado golpeando el cristal tratando de escapar, y cuánto de ese tiempo lo había estado haciendo prácticamente sumida en la oscuridad. Lo que hay que ver, algunas personas cuando son cubiertas por el manto oscuro, no saben más que maldecir su suerte, maldecir la oscuridad, maldecir la vida. Y la mosca, que hay que reconocer que de todas las cosas que se podían ser, ser mosca no es la mejor, estaba buscando una salida, dándose de hostias, sí, pero doliese lo que doliese, y a pesar de las barreras que había, se machacaba por seguir adelante. Lo lógico habría sido abrirle la ventana, pero en ese momento no podía permitir que se escapase mi  también única salida del aburrimiento, no éramos tan diferentes la mosca y yo después de todo.

Interrumpió mi divagación la mosca al posarse sobre la mesa, había firmado una tregua con su destino y parecía resignada a descansar. Aquello me decepcionó un poco, y no contento con la nueva situación, moví la mano cerca de ella, obligándola a retomar el vuelo con la esperanza de que volviese a triturar sus fuerzas en su desesperado intento por ser libre. No lo conseguí. El agotado insecto solo tenía en mente relajarse un poco, y por muchas veces que lo intenté no logré que la mosca hiciese lo que yo tiranamente quería que hiciera, de modo que me dispuse a perder el tiempo con otra cosa, pero sin salir del cuarto. 

Ojeé varios libros, giré varios bolígrafos, hice varias pintadas en la mesa, jugué con el llavero, ordené los auriculares, me eché colonia, miré el móvil a sabiendas de que no habría ninguna novedad (varias veces también), y finalmente me detuve con un pequeño y antiguo juego de ordenador: Dave.
Dave es un personajillo que vive en un mundo de apenas un puñado de bytes, cuya ambición le lleva a recorrer unos laberintos cargados de mucha mala hostia en busca de diamantes, copas, joyas y todo tipo de piedras preciosas. Me hizo ilusión volver a toparme con él y me propuse acabar el juego. El nivel 1 era bastante sencillo, una habitación cerrada, un par de saltos, un par de diamantes, una puerta en la esquina superior izquierda y el paso al nivel 2, un rectángulo casi el doble de grande en el que el suelo era naranja y burbujeaba, lo cual no podía ser nada bueno para Dave. Perdiendo una vida pasé al nivel 3, donde nada más empezar obtenías una pistola que disparaba balas que eran más lentas que tú, si en ese momento hubiese querido, podría haberme suicidado adelantando un disparo y posteriormente quedándome quieto. Cuando avancé un poco me di cuenta de que la finalidad de esa pistola era acabar con unas cíber-arañas que se balanceaban colgadas de un fino hilo sobre una especie de matorral morado asesino compuesto por filamentos que se movían como si una corriente de aire los impulsase desde su base. La primera araña la superé con paciencia, saltando y disparando en el punto más alto del vuelo para que la bala, con un poco de suerte, impactase en el cuerpo de la araña, araña que por cierto tenía un claro problema de sobrepeso. Una vez eliminada (¡explotó!) salté por encima del seto del infierno y llegué a la segunda. La situación era idéntica, salvo que esta vez el matorral morado era más ancho. Con la misma estrategia conseguí avanzar y me llevé una buena sorpresa; una tercera araña mórbida colgando sobre un arbusto mortuorio más ancho, la araña además se balanceaba más rápido que sus compañeras. “¿No ves lo que les ha pasado a tus amigas? ¿Por qué no me dejas pasar sin más y nos ahorramos todo esto?” debió decir Dave, aunque lo poco que se escuchaba era un cómico ruido del juego cada vez que el protagonista saltaba, era como de afilador, pero mucho más … ¿informatizado? Conseguí matarla y cuando me dispuse a saltar el conjunto de flecos morados, mi olvidada amiga la mosca se posó muy cerca de mi ojo, solté las teclas y el pobre Dave explotó igual que las arañas al tocar los arbustos. 

Sin mediar palabra con la mosca me levanté, y cada vez que esta se alejaba de mí y se paraba en otro lugar, iba a cogerla. Tenía que darle muerte, tenía que vengar a Dave, aunque pronto se convirtió en algo más personal, la mosca en algunos de sus vuelos se posaba en mi cara, enervándome aún más, haciéndome perder el control. Maldita mosca, seguro que cuando dios creó a los gatitos acto seguido el diablo creó a las moscas. Joder con el bicho, qué pesado. Mil veces quise cogerla y mil veces escapó, para tener los sesos reblandecidos por los golpes era bastante astuta. Mi lucha era en vano, quise coger el insecticida y acabar de una vez por todas con ella, pero eso supondría abrir la puerta, así que usé en su lugar el spray desodorante. Si no la mataba, al menos conseguiría aturdirla y aplastarla después. La perseguí con el botecito por toda la habitación, si se paraba en el techo, me subía a la cama, si se subía al armario, usaba la silla, si acababa en la pared, me acercaba con sigilo. No habían pasado diez minutos cuando mi habitación, imposibilitada de renovación de aire, olía a vestuario masculino de fútbol. Y la mosca tan campante. Creí recordar que había un mechero en alguno de los cajones, todo parecía indicar que iba a recurrir a un lanzallamas para darle fin, pero para mi suerte el mechero encontrado no funcionaba, y digo suerte porque sabida la racha de intentos vanos de matarla, habría pegado fuego a la habitación antes que a la mosca. 

Ocupé de nuevo la silla totalmente desquiciado, esperando que la mosca se acercara, algo así como psicología inversa: “ahora no quiero matarte”. Aguardé bastante, con la mirada desafiante siguiendo el vuelo aleatorio de aquel bicho, hasta que al final regresó al primer lugar donde la había visto pararse; la mesa. Sin que mi mano tocase la superficie de madera del escritorio la pasé velozmente por encima de donde estaba parada la mosca, cuando el movimiento finalizó, la mosca estaba en la palma de mi mano, y mi cuerpo en posición de ataque de balonmano amenazando con estrellar a la mosca contra su amada ventana. Pero no lo hice, ¿y si la mosca solo se sentía sola y había venido a mi ojo buscando compañía mutua? No debe ser agradable estar encerrada sola tanto tiempo, sufriendo, y que cuando aparece alguien para romper la monótona sucesión de angustias, descubrir que quiere matarte. Reconozco que muchas veces me he sentido solo, y es cierto que cuesta acercarse a los demás, por así decirlo es una situación que se retroalimenta. Lo último que habría querido es que después de reunir el valor para pedirle indirectamente a alguien que rompiese mi soledad, esta me hubiese apartado del camino. Este momento de empatía me hizo abrir la mano, preocupado por no haber dañado al delicado bichito, y una vez vi que podía seguir trazando trayectorias curvas en el aire, corrí el cristal de la derecha de la ventana hacia su compañero, la salida estaba abierta. Esperaba al lado de la misma a que la mosca saliese cuando la vi bajar hasta el suelo, pensé que había hecho efecto el desodorante y ahora por mi culpa iba a morir. Me acerqué, y gracias a esto pude ver perfectamente como la mosca me abandonaba saliendo por un resquicio entre la puerta y el suelo de cuya existencia hasta el momento no sabía nada.

La cólera volvió a fluir por mis venas, de la cocina tomé el insecticida, lo desenfundé, y busqué a la mosca por la casa. En el salón la encontré, golpeando una y otra vez el ventanal principal, que estaba cerrado. Qué graciosa, pensé.