miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cora ya no teme salir corriendo


Han pasado ocho meses desde aquello,
lo de siempre,
lo de los galgos con suerte,
el abandono,
el cuerpo lleno de barro,
de sangre,
las patas rotas,
las costillas rotas,
la oreja colgando,
la pata colgando,
en este caso,
lo último
y miedo.

Jamás olvidaremos ese día,
ni cómo ella,
dejándose morir tirada en la tierra,
con los huesos quebrados rajándole la piel,
movía el rabo al acercarme
como si nos conociéramos de toda la vida.

Es admirable.

Han pasado ocho meses desde aquello,
Cora ya no teme salir corriendo,
a perseguir los pájaros,
a perseguir las hojas,
a perseguir a ese chihuahua de jersey odioso,
porque si no los atrapa
puede regresar,
si el pájaro escapa volando
puede regresar,
si las hojas se esparcen y se pierden
puede regresar,
si al chihuahua lo cogen en brazos
puede regresar.

Han pasado ocho meses desde aquello,
tres desde que vive conmigo,
no teme salir corriendo,
pero sigue temiendo a los hombres
- razones no le faltan -
cada vez que encoge la pata
recuerda de qué son capaces
los asquerosos bípedos parlantes,
y sin embargo,
ya se ha dado cuenta de que algunos
no somos como ellos,
que aun a dos patas y hablando
somos más perros de la calle que humanos,
más como ella.

Supongo que por eso ha encontrado un hogar en mí
y yo, mientras,
un camino en sus huellas.

Han pasado ocho meses desde aquello,
y se ha ganado el respeto de un pueblo
al que tuvimos que gritar
cuando aquel carnicero dijo que era mejor amputar,
del que tuvimos que tragar
a todos los sucios yonkis que te quisieron comprar
y todos los 
"pobrecita, qué lástima"
de ignorantes que no saben que la lástima
mejor está guardada
para la mujer y los hijos,
si es que los tiene,
del hijo de puta que se hacía llamar tu dueño
por si algún día tiene la desgracia de que lo encuentre.