La última vez que había estado aquí estuve media hora sentado en este mismo borde, más o menos a la misma hora, el río era mucho más caudaloso, y una gran cantidad de basura se dejaba arrastrar por la corriente. Había dejado mi chaqueta y mi jersey a la chica que me acompañaba, a quien recuerdo preguntando una y otra vez si no tenía frío con solo esa camisa tan fina. Hablaba de sueños; de que si algo tenía claro en la vida era tener un hijo. Me preguntaba si llegaría a ser un buen astrónomo, si acabaría loco, y si ella me seguiría queriendo cuando fuese un viejo chiflado sin dientes.
«Es evidente que sí», dijo, y por lo menos en lo que concierne a la última parte, quise creerla. El frío que pudiera hacer estaba en el mismo plano que mi sentido común. Ni dos semanas más me quiso.
Nueve meses después he caído en el mismo lugar. Con varias capas más que la última vez y aunque no me he llegado a sentar en la piedra congelada, me ahogaba tanto frío. El sitio, ahora enmudecido y estéril, me ha hecho recordar que ya no quiero tener un hijo, ni quiero que carguen con mi vejez, mi calvicie o mi locura. Sigo sin saber si llegaré a ser astrónomo, aunque esta vez, las estrellas se reflejan en las aguas de un río considerablemente menguado.