Desperté en la cama. No podía mover los brazos, ni las piernas, ni levantar la cabeza. Miraba desesperado de un lado para otro, estaba convencido de estar sufriendo una grave enfermedad, quería llamar a alguien, pero no podía. De pronto me fijé en la gran mancha negra que había aparecido en la pared del salón, justo en la parte que se veía a través de la puerta del cuarto. Miré a mi alrededor buscando la forma de cerrar la puerta desde donde estaba, pero no había nada. Al regresar la mirada a la oscura mancha, asomaba de ella una cabeza fina y alargada con dos ojos amarillos brillantes que miraban hacia mi cama. Cerré los ojos. Quería convencerme de que estaba soñando, pero el frío en mi cara era demasiado real. Abrí con fuerza los ojos y miré de nuevo hacia la pared. Una grotesca figura delgada y negra yacía inmóvil en el suelo, justo debajo de la mancha. Tenía los dedos extremadamente largos y finos, que acababan en unas uñas igualmente delgadas, negras, y afiladas. No pude seguir mirándola durante mucho más tiempo, las lágrimas en mis ojos y la oscuridad apenas me dejaban ver nada. Parpadeé de forma prolongada para limpiarlos, y al abrirlos esa cosa estaba mucho más cerca. Esta vez estaba justo delante de la puerta, con sus brazos raquíticos extendidos sobre el suelo, preparados para seguir arrastrándose hacia mí. Tenía mucho miedo. Cerré los ojos con intención de no abrirlos de nuevo. Oía cómo se movía, el sonido de sus uñas rasgando el suelo, el crujir de sus huesos. Fueron apenas unos segundos, seguido de un breve silencio, hasta que noté cómo se apoyaba en mi cama. Se me heló la sangre, sentía la presión que hacía su cuerpo encima del mío, me asfixiaba, no podía respirar. Abrí los ojos, sobre mí esa horrible figura negra se postraba con los brazos y las uñas desplegados como alas, mirándome fijamente.