domingo, 2 de noviembre de 2014

Hogar

Mi casa es un teatro, un jodido teatro. Hoy, vuelvo de dejar a Iván y a Claudia en el colegio, abro la puerta y otra vez el portal lleno de cajas de embalar a medio cerrar, sin ningún criterio lógico de ordenación, todas con "Pascal" en letras negras y grandes en un lado. Otra vez la misma escenita.

− ¡Pascal! ¡Jodido imbécil! ¡¿Dónde estás?! – Nadie contestaba.
− ¡Pascal! ¡Sé que no te has ido! ¡¿Qué diablos estás haciendo!?
Di un par de vueltas por el portal, miré desesperada a un lado y a otro, cabreada, deseando encontrarlo y acabar de una vez con la función.

Escuché ruidos provenientes de arriba, probablemente del desván. Me abrí paso a patadas con las cajas que más en medio estaban, y mis pasos hacían restallar cada una de las escaleras de madera, tratando que ese imbécil se fuera preparando para lo que se le avecinaba.

– ¡Pascal! ¡Joder! ¡¿Por qué no contestas!? ¡¿Ya estamos otra vez?! ¡¿Qué se supone que estás haciendo!?
– ¿No lo ves, Alice? Me voy. – Estaba apilando libros, ni me miró mientras hablaba, aun sabiendo lo mucho que me molesta que no me miren a los ojos.
– Sí, igual que tantas otras veces que te has ido, ¿no? ¿Hasta cuándo vas a seguir haciéndote la víctima? – Seguía amontonando libros, impasible.
– ¡Pascal! ¡Que contestes cuando te hablo! ¡Eres un mierda! ¡Tú no vas a ninguna parte!

Lo vi derramar una lágrima, mi excitación crecía.

– ¡Pascal!
– Me voy, Alice, ya no puedes hacer nada.

Todavía no había vuelto la mirada hacia mí, y me estaba sacando de mis casillas. No era la primera vez que me amenazaba con irse, de hecho, ya había visto esta actuación mil veces antes; maletas en la puerta, taxis «a punto de llegar», «billetes reservados»… pura interpretación, mentiras y más mentiras. No podía aguantarlo más.

– Con esto solo consigues quedar en ridículo. Tú y yo sabemos que aunque te vayas estarás aquí suplicando que te abra la puerta en menos de una semana. Deja ya las putas escenitas, que me tienes harta, ¡miserable, que eres un miserable! – Aunque cada vez gritaba más fuerte, parecía estar cada vez más sordo, en un patético intento por darle credibilidad a su papel.
– ¿Por qué no te has ido ya, eh? ¡Has tenido muchísimo tiempo desde que me he ido! Pero tenías que esperar a que yo estuviera aquí, claro ¡¿qué gracia tendría si no?! Lo que pasa es que tratas de darme pena y mira, Pascal, me importa una mierda, ya no me das lástima, vete si quieres, vete si tienes los huevos. – Mientras yo hablaba, él removía los muebles del desván buscando algo.
– Me he quedado sin cinta de embalar. ¿Tienes una cuerda o algo para empaquetar estos libros?

Ignoraba mis palabras para que me cabrease más, pero no estaba dispuesta a darle ese gusto. Había una gran cuerda en el trastero del patio, a la que solía estar atado nuestro perro. Sin abrir la boca fui a por ella. Al entrar de nuevo al desván con ella por fin me miró, e hizo un gesto para que se la diese. Se la lancé con violencia, aunque para su suerte no conseguí hacerle el daño deseado.

– Gracias.
– Métetela por el culo. Estaré dando un paseo, ya conozco cómo acabará esto, y lo último de lo que tengo ganas es de verte lloriquear como un niño cuando tengas que irte de verdad. Espero que cuando vuelva te hayas ido de una vez por todas y no tenga que volver a verte.

Asintió con la cabeza. Evidentemente estaba dolido por mi indiferencia. Me fui, recorrí el camino de los viñedos, vi las ardillas del parque, los viejos perdiendo el tiempo. Me acerqué al colegio de mis niños, miré a través de la valla del patio, pero no conseguí verlos, compré pan, y tras otro largo camino estaba de nuevo en casa. Crucé la puerta, las cajas de embalar seguían en el mismo sitio.

– ¡Pascal! … ¡Pascal! – Maldito maricón. Si es que lo sabía.
– ¡Te he dado tiempo de sobra! – Nadie respondía, no se oía nada. Subí al desván, esperando encontrarlo allí, arrepentido, o llorando, o qué-sé-yo, tenía un gran repertorio en cuanto a formas de echarse para atrás. Mientras abría la puerta de la habitación del desván ya estaba gritándole.
– ¡Pascal! ¿¡Por qué coño no te has ido!? – Efectivamente allí estaba. Colgado de la viga de madera trasversal del tejado, ahorcado.

Me desplomé, fría, sobre el suelo. Apenas podía respirar, se había ido, esta vez para siempre. No quise mirar de nuevo el cadáver, di la vuelta y bajé despacio las escaleras. Me senté en una de las cajas del portal, llena con su ropa, y rompí a llorar como nunca lo había hecho. El muy desgraciado me dejaba sola de verdad, a cargo de una casa y dos niños, yo, sin trabajo y viuda del único hombre al que había querido. El mundo estaba sobre mis hombros.
De pronto, el ruido de un golpe bajó por las escaleras.

A veces se cuelan pájaros por las ventanas y se golpean contra los muebles buscando la salida. Casi sin fuerzas subí. Allí no había nada, seguramente había sido en el desván, pero ni loca habría entrado otra vez en esa habitación.
No obstante, desde allí se oía el inconfundible sonido de sus pasos. Me limpié las lágrimas, tragué saliva.

– ¡Pascal! ¡Vete a la mierda imbécil!

Mi casa es un teatro donde el mismo actor lamentable representa siempre la misma historia. Pero me atrapa, siempre me atrapa.