con los perros de la calle,
contaminando vuestro dominio
con mi hambre,
mis parásitos,
y hasta mi sangre
cuando muera atropellado en el asfalto,
aullando,
cuando todos intentáis dormir.
Comparto con vosotros tiempo y espacio,
a veces,
hasta me visto con vuestra misma ropa
y uso vuestras fórmulas de vida automática,
«por favor», «gracias»
aunque no os deba ni las sobras.
Sois la mano que sostiene el palo
siempre apuntando a mis costillas,
los tullidos víctimas de ninguna guerra,
alcohólicos aburridos
obsesionados con las ideas de otros
y la violencia.
Los seres muertos que han cubierto la tierra con cemento
sin saber que detestaban
a los perros que lo custodian.
Me proclamo exiliado de vuestra especie incompetente.